viernes, 8 de marzo de 2013


no la expresión más obscena del capitalismo. Por eso, la crisis no puede resolverse exclusivamente con medidas económicas, sino con una nueva pedagogía política, que incluya un nuevo concepto del hombre y la vida en comunidad. El “hombre nuevo” del que habló el socialismo no es una quimera, sino una necesidad imperiosa para restituir la esperanza de una sociedad más justa y equitativa, particularmente cuando no cesan los ataques contras los más débiles y vulnerables. El capitalismo no es tan sólo un sistema de producción, sino una forma de legitimar la explotación del ser humano por élites respaldadas por el poder legislativo, judicial y militar. Se puede decir que recoge la herencia del feudalismo, actualizando sus bases teóricas por medio del darwinismo social y el liberalismo económico. Su coartada es la ley del más fuerte como principal mecanismo regulador de la actividad productiva. La sociedad debe imitar a la naturaleza y no contribuir a que se perpetúe la debilidad. El éxito material no es una mera contingencia, sino una prueba de excelencia. Por eso, no hay que condonar deudas ni acordar quitas. Los intereses de usura aplicados a los países con primas de riesgo desorbitadas son la evidencia de un fracaso que no puede quedar impune. Es el mismo argumento que se ha utilizado durante décadas con los países del Tercer Mundo, forzados a devolver presuntos préstamos de ayuda al desarrollo cuyos intereses desbordaban escandalosamente sus presupuestos de sanidad y educación. Se habla constantemente de solvencia, liquidez, inflación, deuda, déficit, austeridad, rescate, consolidación fiscal, eficiencia o competitividad, sin advertir que esos tecnicismos no son conceptos inocentes, sino simples eufemismos concebidos para encubrir que las desigualdades se agudizan cada vez más, condenando a naciones enteras a un porvenir de miseria y precariedad.

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